CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). El futuro de Europa está en manos de una líder dolorosamente reservada. ¿Qué piensa en realidad la canciller alemana? Nos lo cuenta Newsweek:
"La Dama las prefiere rubias. A Ángela Merkel, de 57 años, alguna vez considerada la reina de Europa, le gusta rodearse de otros cortesanos y aliados rubios, prolijos, bien afeitados. Basta con echarle un vistazo a su asesor estrella, Wilhelm Ulrich. O al hombre que ella eligió para presidir Alemania, Christian Wulff. O al asesor económico que nombró como jefe del Bundesbank, Jens Weidmann, que parece haber surgido del mismo banco genético. Pero no son necesariamente aquellas características germánicas lo que le interesa a la Canciller, sino más bien su enfoque sobrio y germánico frente a la crisis global: en caso de duda, seguir firmemente las reglas.
Hace algunos años, tras una entrevista con Merkel, el periodista de Newsweek tuvo un encontronazo con la Cancillería. Según la corte de Merkel, el periodista habrá violado una especie de embargo -vagamente definido- sobre sus publicaciones. "¡La Canciller cree que esto es un comportamiento inaceptable!" increpó Wilhelm por teléfono. "¡Pensamos que Gran Bretaña era la cuna del juego limpio!" La amante del orden había hablado. Ahora ella y su equipo, desconcertados por el poder de los mercados de bonos sobre las economías de la zona euro, están luchando para imponer el orden alemán, no sólo sobre un corresponsal desaliñado, sino sobre la totalidad del continente. No es un espectáculo agradable.
Para los alemanes, el juego limpio no tiene nada que ver con el cricket. Por el contrario, se deriva de un derecho. La pregunta -que apunta al núcleo del enigma de Ángela Merkel- es hasta qué punto el resentimiento en el país cuajará en la agenda nacional. Como la mayor economía del continente, y como el país que por lo tanto tendrá que pagar la mayor parte de la cuenta, Alemania está haciendo valer el derecho de imponer sus condiciones y normas sobre los que se están quedando relegados y los reincidentes. Al igual que Alemania alguna una vez insistió en que el Banco Central Europeo replicase la independencia política y las políticas anti-inflacionarias del Bundesbank -la condición absoluta de país para abandonar su amado Marco Alemán-. Así que, ahora, quiere imponer la disciplina fiscal alemana en todas partes y en todo momento, como moneda de cambio por rescatar a los griegos y al resto de los rezagados. Por el momento, 5 gobiernos europeos han caído debido a su incapacidad para hacer frente a la crisis, y la gente de Merkel en silencio asiente con aprobación que el llamado PIIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España) estén siendo castigados el desorden con sus cuentas públicas. Se dice de Mario Monti, el jefe del nuevo gobierno tecnocrático de Italia, que es "muy alemán", como lo sería el nuevo presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. "Ningún país quiere que su dinero sea tirado por la ventana", dice un veterano demócrata cristiano. "Queremos garantías en hierro fundido, promesas por escrito, seguridad de que los malhechores serán castigados".
Los votantes de Alemania son casi marginales al manejo de Berlín de la crisis del euro. Las decisiones son adoptadas por un puñado de iniciados agrupados en torno a la Canciller y al jefe del Bundesbank. En última instancia, la responsabilidad de mantener unida a la Unión Europea en su conjunto ha caído sobre los hombros de una mujer que creció en el país entonces conocido como Alemania Oriental y que llegó a la madurez política cuado el imperio comunista se derrumbo. Cuando el Muro de Berlín se desplomó en noviembre de 1989, ella no salió corriendo a ver como cambiaba la historia. En cambio, decidió continuar con su rutina y fue a su sesión semanal de sauna. Sus críticos, consternados por su retraso en dar respuesta a una crisis que se ha venido desarrollando durante tanto tiempo, bromean con que esta se habría retirado, una vez más, al sauna, pero esta vez por 2 años “calientes”. El líder de la oposición, Frank-Walter Steinmeier dice que hay una Ley Merkel: "Cuanto más ferozmente Merkel rechace algo, más cierto es que finalmente adoptará esa política. De ahí los constantes cambios de postura, no sólo sobre cómo manejar la crisis del euro, sino también en cuestiones como su compromiso previo de la energía nuclear después de Fukushima.
Entonces ¿por qué es la Canciller es una gestora tan lenta de la crisis? Uno de sus biógrafos, Margot Heckel, cuenta una anécdota que, supuestamente, arroja luz sobre la más secreta de los líderes. Como una colegiala aprendiendo a nadar, la Canciller tenía un desmesurado temor desmesurado a zambullirse. Un día se subió al trampolín más alto y se quedó inmóvil, al parecer, luchando consigo misma. En el preciso momento en que sonaba la campana de la escuela, se arrojó a lo más profundo de la piscina. Y vivió. Es difícil precisar la moraleja de esta historia. La lectura obvia es que ella es una mujer que duda, madura, y finalmente encuentra el coraje para actuar. Pero no hace falta ser un psiquiatra (algo que en Alemania implica un proceso de 9 años, por cierto) para concluir otras razones que justifiquen el “retraso en saltar”. Por un lado, Merkel demuestra singularmente una importante falta de coordinación. De desarrollo lento hasta ahora (debió “entrenar” hasta los 5 años de edad para aprender a subir y bajar escaleras, un paso tras otro), la actividad física le requiere una profunda concentración. ¿Podría ser que ella tenía, y tiene, miedo de fracasar frente a los demás? Y, más revelador, ¿por qué insistió en saltar exactamente dentro del tiempo asignado para la lección y no 3 minutos después, cuando el área había quedado libre de observadores? ¿Era una purista de las reglas, incluso entonces? Se quedó en el trampolín hasta haber estirado las reglas casi al límite, pero se mantuvo dentro, sin pasar del otro lado, el de la ilegalidad. ¿Fue ese un momento clave de su historia, la llave en su intento actual de crear una zona euro creíble para los mercados porque adhiere a un reglamento alemán?
La historia favorita de Roger Boyes, periodista de Newsweek, acerca de Merkel viene de 1981, cuando esta dejó a su marido -cuyo apellido todavía lleva- Ulrich Merkel. Se habían conocido mientras estudiaban física en Leipzig, se casaron, se mudaron a Berlín Oriental, y durante 3 años Ulrich había construido el apartamento donde vivirían mientras Ángela completaba su doctorado. Cuando el lugar estuvo finalmente impecable, ella decidió irse. "Un día, ella empacó sus cosas y se fue", recuerda su exmarido. Al parecer, una movida casi sin palabras. Se llevó sólo una cosa: la heladera, que hizo retirar mientras Ulrich no se encontraba en la casa. Eso es, Ángela Merkel: una mujer que huye con su refrigerador.
En realidad, nadie se le acerca a la Canciller. Su actual marido, Joachim Sauer, una figura estelar en el campo de la química cuántica, es regularmente señalado como un futuro premio Nobel, pero poco se conoce públicamente de él más allá de su amor por Wagner -la prensa alemana lo apoda "el fantasma de la Opera"- y su afición por escalar montañas. Aquellos que han escuchado conversaciones de la pareja se sorprenden por su formalidad. En la mesa, se dice, sus conversaciones se centran en la ciencia (el tema de la investigación doctoral de la propia Merkel fue la química cuántica), la música, y los 2 hijos adultos de Sauer. Poca mezcla hacen de sus vidas política y privada, en agudo contraste con su antiguo mentor, Helmut Kohl.
El enfoque de Merkel frente a la Europa en crisis se refleja en su relación con Kohl, ahora frágil y en silla de ruedas a sus 81 años. Una representación del conflicto entre los mayores de visión defectuosa y los más jóvenes, pragmáticos y efusivos pero dubitativos, entre el estilo a menudo arrogantes y de gobierno tribal de el y los incesantes esfuerzos de ella por calcular los resultados y ralentizar el ritmo del cambio. Como miembro de la generación de la guerra (solía decir que la primera vez que experimentó hambre fue cuando adolescente volvió a pie a su bombardeada ciudad natal de Ludwigshafen), Kohl encontró un lenguaje común con los gustos de François Mitterrand. Al oír un discurso en el que el presidente francés recordaba sus propias experiencias durante la guerra, Kohl se echó a llorar. De hecho, a menudo se echó a llorar. Merkel nunca lo hace, por lo menos no en público.
Kohl de hizo con la relación entre Francia y Alemania, con su compromiso común de evitar otra guerra desastrosa que se expandiese nuevamente por toda Europa. Generó una relación de amistad personal con similares como Felipe González, el dirigente socialista de España, creando un puente entre las elites prósperas del Norte y el Sur en apuros. Merkel, en cambio, desconfía profundamente de su homólogo francés, Nicolás Sarkozy, y se dice que odia el epíteto que la prensa ha dado a su supuestamente simbiótica asociación "Merkozy". Es una amistad en gran medida simulada, un espectáculo montado para calmar a los mercados que se descompone fácilmente frente a cualquier indicio de sus profundas diferencias. "Estamos realmente preocupados por que Alemania está a la deriva", dice un diplomático francés. Las cejas de los líderes europeos siguen fruncidas por la abstención de Alemania en la votación del Consejo de Seguridad cuando se votaba la zona de exclusión sobre territorio libio.
Cuando las 2 Alemanias se convertían en una, Kohl estaba desconcertado por el Este. Trajo a Merkel al gabinete para ser su ministro para temas relacionados con las mujeres y los jóvenes, sabiendo sólo 3 hechos acerca de ella: se había hecho a sí misma de utilidad para los demócratas cristianos de Alemania del Este, provenía de un ambiente protestante (su padre era pastor); y a pesar de su paso por la comunista Juventud Libre Alemana, parecía no tener conexiones de la Stasi (al ser abordada por la policía secreta se negó a cooperar, habría dicho, con el poco creíble argumento de que era demasiado charlatana para ser un soplón). Después de todo, en aquel entonces, era imposible progresar en Oriente sin entrar en la Juventud Libre Alemana. Kohl la trató como trató a los orientales en general, con benigna condescendencia. "Das Mädchen", llamó a Merkel, de 36 años de edad: "La Nena".
Al igual que muchos otros políticos alemanes, Kohl la subestimó. Unos años más tarde, la Nena movió su ficha: publicó un artículo llamando a la Democracia Cristiana a deshacerse de sus viejos líderes. Fue un momento que congeló al status quo, un acto de pura auto-interés. Los jóvenes jefes regionales, todos ellos hombres, muchos de ellos rubios, se limitaron a observar, pensando que ella haría el trabajo sucio que aceleraría la salida de Kohl y abriría el camino de la sucesión. Para su sorpresa, sin embargo, ella tomó el papel para sí misma, terminando como cabeza de una coalición demócrata cristiano-social que se convirtió en el precursor de los gobiernos tecnocráticos en toda Europa. Temerosa de la opinión pública, simplemente lo excluyó de las decisiones difíciles.
Esa fórmula ya no funciona para los alemanes ni para Europa. Kohl sabía que el valor de la pasión para movilizar al apoyo público. El euro, le dijo al pueblo alemán, era un asunto de guerra o paz. Comprendió que sólo el miedo alemán a otra guerra europea podría superar el miedo a la hiperinflación alemana. Los alemanes se quejaron, pero compraron su programa. Por su parte, Merkel no se ha molestado en venderle a su público la importancia de salvar la unidad europea, a pesar de que los votantes del país se han vuelto más sofisticados y más escépticos de Bruselas que bajo el mando de Kohl. En cambio, la Canciller parece apostar a que el desprecio de los alemanes por el caos y el desorden serán suficientes para mantener la lealtad a Europa. "Si el euro fracasa, también lo hace Europa", dijo al Parlamento alemán. De cualquier manera, seguramente ella no cree eso. Claramente no viene de su corazón. En privado, su equipo hace una clara distinción entre la zona euro, lo que posiblemente podría ser remodelada, con Grecia abandonándola y sumando a Polonia, y la Unión Europea, que Merkel dice a sus colegas está destinada a sobrevivir, aunque sea bajo un mando más eficiente. Su prioridad es proteger los intereses nacionales de Alemania, lo que significa, sobre todo, proteger el mercado único europeo. No es una cuestión de nacionalismo alemán, aunque gran parte de Europa tendrán que bailar canciones escritas en Berlín y Frankfurt
Impulsada por los mercados de bonos, preocupada de que el electorado alemán se le de vuelta, bajo presión de sus colegas de la UE y de la Casa Blanca, Merkel confía en lo que mejor sabe: normas, normas, normas. Su plan para endurecer la supervisión de los tesoros de la zona euro tendrá que ganarle -y rápido- a un gran número de jugadores. Pero Katinka Barysch del Centro para la Reforma Europea dice que es al menos está comenzando a ayudar. Los gritos de los tabloides pidiendo que los griegos vendan la Acrópolis parecen haber bajado su intensidad y estamos ahora frente a una actitud más tranquila. “Ahora que el gobierno habla de nuevos tratados e instituciones, parece más a cargo", dijo Barysch. "Políticamente, la estrategia está funcionando: casi dos tercios de los alemanes aprueban ahora la gestión de Merkel de la crisis del euro, por encima del 45% de octubre".
Aún así, estos no son tiempos fáciles para la mujer que se supone debe rescatar a un continente entro. Su alma científica va en contra de la fusión de las prioridades a corto plazo -en particular la urgente necesidad de detener la propagación de la descomposición de la confianza en el euro-, con el objetivo a largo plazo de reestructurar Europa. Duerme poco, se muerde las uñas, está constantemente enviando mensajes de texto… una aterradora oda a la soledad del liderazgo".








