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La ficción de Cristina

"(...) El cristinismo es hoy una maquina de acción política bien lubricada que cuenta con fondos para capilarizar transversalmente todas las clases sociales. El peronismo es una banda que añora el poder y que se ve obligado a ceder más poder para pagar los sueldos todos los meses. En ese marco, la marcha de la economía puede colocar a los gremios de un lado o de otro de la interna oficialista. Un giro del sindicalismo despojará a Cristina Fernández de la ventaja que disfruta. Perder a Hugo Moyano no es importante, es clave retener al resto de los gremios. (...)".

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por CLAUDIO M. CHIARUTTINI

 
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Sin Saco y Sin Corbata-Radio El Mundo). El verano comienza a sentirse en la agenda periodística. Casi sin escándalos en el mundo artístico y con una temporada chata que los medios militantes y los funcionarios de turismo tratan de calentar, las noticias policiales se imponen a un Poder Ejecutivo que no informa sobre la salud de Cristina Fernández y una oposición que centra su acción política en compartir asados, partidos de fútbol o en un parador en la playa.
 
En la semana, por no mantener clara la situación desde un primer momento, el Gobierno tuvo que dar a conocer los análisis patológicos de Cristina Fernández, el Centro del Diagnóstico Maipú se vio obligado a dar explicaciones y su director médico, José Carrascosa, “confesó” el primer “falso positivo” de la empresa desde 1983; el secretario Privado, Oscar Parrilli, intentó despejar dudas culpando al Grupo Clarín y los médicos del Hospital Austral que hicieron la operación, Pedro Saco y Eduardo Schnitzler, emitieron un comunicado de prensa que trajo aún más dudas sobre la salud de la Presidente de la Nación.
 
De esta forma, un gobierno que gasta $ 2 millones por día para difundir sus actos oficiales, tuvo que recurrir a Facebook para desalentar rumores que comenzaron a socavar la credibilidad de la Casa Rosada en un tema tan sensible como el verdadero estado de salud de la Presidente de la Nación, destrozando el éxito inicial de la estrategia de comunicación de un carcinoma que, afortunadamente, devino en adenoma.
 
Por lo pronto, las órdenes se mantienen: el vicepresidente en ejercicio, Amado Boudou, no tiene intervención en ninguno de los temas claves que se analizan en el terreno político o económico. Así, su agenda está cargada de formalismos, fotos decorativas y firma de decretos (la mayoría por la extensión de contratos de empleados públicos).
 
Para que la actuación como vicepresidente en ejercicio de la presidencia de Amado Boudou no fuera tan patética, la mesa chica del cristinismo le permitió encabezar un acto menor frente a la explanada de acceso de la Casa Rosada, lo más cerca que logró llegar el ex ministro con devaneos de roquero de los resortes del poder real.
 
Tan pobre está la acción de gobierno que hasta las guerras personales de Cristina Fernández han perdido su impulso. El desgaste al Grupo Clarín transita canales judiciales, hoy en feria; y el esmerilamiento a Hugo Moyano pasó a la interna sindical, dado que los dirigentes del desvanecido Peronismo Federal intentan sumar al camionero entre sus aliados.
 
En el oficialismo, dos movimientos paralelos están reconfigurando el mapa de poder dentro del Poder Ejecutivo. Por un lado, La Cámpora está copando todas las cajas que tenían reservados ministros o sectores peronistas. Por el otro, hay una fuerte redistribución de facultades que está determinando ganadores y perdedores en el gabinete nacional.
 
Al mismo tiempo que los indicadores económicos confirman el lento enfriamiento de la producción, los funcionarios más duros con el sector empresario ganan protagonismo. En ese marco, el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, aquel a quien Néstor Kirchner apodaba "Lassie" y ahora se está convirtiendo en el “superministro” del comienzo de segundo mandato de Cristina Fernández.
 
Cuando asumió Néstor Kirchner, heredó de Eduardo Duhalde a Roberto Lavagna en el rol de superministro hasta que fue expulsado indecorosamente del Palacio de Hacienda y del cristinismo. En la segunda parte de su mandato, el ministro de Planificación, Julio de Vido; y el Jefe de Gabinete, Alberto Fernández, disputaron la primacía.
 
 
Cristina Fernández ha cambiado de figura central seis veces: comenzó con el Jefe de Gabinete, Alberto Fernández, luego, Aníbal Fernández; pasó al ministro de Economía, Amado Boudou; vino el turno del secretario de Medios de Comunicación Pública, Juan Manuel Abal Medina, y hoy se apoya en el secretario Legal y Técnico, Juan Carlos Zannini; y en Guillermo Moreno.
 
En realidad, el matrimonio kirchner, ha definido un superministro según los problemas que surgían en el horizonte. Es decir, la política es usar y desechar. Roberto Lavagna sirvió a Néstor Kirchner para crear confianza en el manejo económico en el inicio de su mandato, Julio de Vido estableció los nuevos códigos de relación con el sector empresario y Alberto Fernández tejió parte del armado político que conformó al cristinismo.
 
Cristina Fernández usó a Alberto Fernández como fusible por el fracaso político de la Resolución 125, a Aníbal Fernández para enfrentar las crecientes críticas a su forma de administrar el poder, a Amado Boudou le dio las cajas que facilitaron la reelección y fue el candidato perfecto para seducir a la juventud, a Juan Manuel Abal Medina diseñó las primeras que destrozaron a la oposición y, desde la muerte de Néstor Kirchner, a Juan Carlos Zannini, que funciona como confidente y máximo asesor; y a Guillermo Moreno que ahora debe pisar importaciones y defender el superávit de la balanza comercial.
 
 
Pero el funcionario suele causar efectos negativos que afectan a la producción en el camino por cumplir las órdenes presidenciales. Por ejemplo, para ocultar la inflación real destrozó el Indec, uno de los organismos más respetados que tenía la Argentina y derribó la credibilidad al universo de datos oficiales, desincentivó inversiones extranjeras y encareció el crédito externo para las empresas.
 
Las quejas privadas, a Cristina Fernández no le preocupan. Con su trabajo, Moreno le ahorró al gobierno pagos externos –los actualizados por CER- por más de US$ 10.000 millones, y frenó, el año pasado, importaciones por más de US$ 8.000 millones.
 
En el camino, hizo que, para las estadísticas oficiales, haya menos pobres y menos indigentes y que los salarios crezcan más que la inflación y permitió al gobierno hacer marketing ofreciendo milanesas para todos, cerdo para todos y sidras a 3 pesos que nadie pudo comprar.
 
A Guillermo Moreno no le importa que los bancos hayan cortado las cartas de crédito, que cinco de los siete rubros que fijan el precio de los servicios logísticos hayan subido, evaporando ganancias para los productores y los comercios, o que los industriales adviertan que se puede frenar la actividad en sus plantas. 
 
Con un par de llamados a las 6:00 de la mañana, dibujando estadísticas oficiales o realizando sus “clases de economía” donde “enseña” a los empresarios a ser empresarios, cree que logrará neutralizar el impacto de la crisis internacional.
 
Tal como ocurrió en 2008, al Ejecutivo no le importa si hay recesión; es clave que no haya despidos, no caiga el consumo y no cambie el humor de los consumidores. Hace tres años se lanzaron planes en cuotas y se pagaron subsidios para evitar el impacto de la crisis. El retoque de las cifras oficiales y el marketing político convirtieron la recesión en una discusión por una diferencia estadística que la opinión pública no comprendió.
 
Mientras los gobiernos previos al matrimonio Kirchner lanzaban paquetes de anuncios y medidas que la mayoría de las veces no funcionaban, Cristina Fernández avanzará con microcirugías para mantener la ficción de un crecimiento de actividad y consumo que no se verifica en la realidad.
 
Por ejemplo, con la sequía se pasó a discutir si una foto de la Federación Agraria Argentina era real o falsa. No las estadísticas, proyecciones privadas o las repercusiones que tendrá en las economías regionales, el gobierno convirtió la seca en una posible exageración de un sector que es enemigo político de Cristina Fernández.
 
Para el gobierno existen dos niveles de realidad: las cifras y lo que publican los medios. La soja aportó US$ 37.000 millones en los últimos años a las arcas del Tesoro, sin embargo, desde el punto de vista mediático, sigue siendo un “yuyito” que alimenta una oligárquica que es “peligrosa” cuando reclama su tajada del poder.
 
El gobierno, que mide la política con lógica de telepolítica, teme más un partido de futbol de Daniel Scioli y Mauricio Macri que una movilización de Hugo Moyano; y más una foto “accidental” de Francisco de Narváez y Sergio Massa que una cumbre de empresarios y banqueros en Punta del Este.
 
Por eso el cristinismo porteño no ahorra esfuerzos en esmerilar a Mauricio Macri, Daniel Scioli debe enfrentar a Gabriel Mariotto, Amado Boudou y Florencio Randazzo, que recorren la provincia de Buenos Aires tentando intendentes; o mira con satisfacción las enervadas respuestas del moyanismo a las declaraciones del gastronómico Luis Barrionuevo.
 
Mientras el no cristinismo se preocupa por el efecto de la sequía, el gobierno busca más superávit fiscal; mientras que los economistas ortodoxos critican la virtual convertibilidad cambiaria , los heterodoxos quieren que el Banco Central sume reservas para asegurar la caja; mientras los empresarios piensan en saltar las barreras proteccionistas, a los funcionarios les interesa que el proceso de sustitución de importaciones, que fue clave del crecimiento Pyme entre 2002 y 2006, se regenere.
 
El cristinismo es hoy una maquina de acción política bien lubricada que cuenta con fondos para capilarizar transversalmente todas las clases sociales. El peronismo es una banda que añora el poder y que se ve obligado a ceder más poder para pagar los sueldos todos los meses. En ese marco, la marcha de la economía puede colocar a los gremios de un lado o de otro de la interna oficialista. Un giro del sindicalismo despojará a Cristina Fernández de la ventaja que disfruta. Perder a Hugo Moyano no es importante, es clave retener al resto de los gremios.
 
Enero avanza cansinamente. El mundo político espera la vuelta de Cristina Fernández a la Casa Rosado. Ese regreso y su estado de salud diseñarán el camino del año político. En tanto ¿por qué no se conoce una sola foto de la Presidente de la Nación recuperándose? Es un enigma.
 

 

 
 

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