LO QUE CALLA CRISTINA

Presidente, aclarando sobre YPF, por favor

"Nadie del Gobierno se ha responsabilizado por la insensatez de la conducción energética en los años del oficialismo en el poder, más bien se desprende que fue caprichosa obra de Néstor Kirchner al clausurar inversiones imprescindibles por el veto constante, arbitrario y social a la recomposición de precios (según una elemental visión ortodoxa). Debe ser así porque continúan al frente hombres como Julio De Vido, Daniel Cameron o Roberto Baratta, los mismos que eligió el matrimonio, quienes, a costa de un cachetazo, alguna vez le cuestionaron al ex mandatario la ceguera en materia de tarifas. Nadie dice, tampoco, a quién se le ocurrió –por utilizar un verbo neutro– la introducción de la familia Eskenazi en el negocio de YPF."

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Cristina Fernández de Kirchner y Enrique Eskenazi.

 

Por ROBERTO GARCÍA
  
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Diario Perfil). Para entender la repetición furiosa de Cristina de Kirchner en el escenario de hace 48 horas, sus rayos y centellas al donaire, debe aceptarse el dolor que le provoca el tema energético: por ese agujero negro se le han escapado –a su juicio–las múltiples virtudes del “modelo” económico, un volumen de dólares impensado; se transformó ese hito en la falla de San Andrés que le amenaza, desluce y disuelve todo lo que no puede compensar la generosidad de la soja y sus precios. 
 
Y este fenómeno negativo, que groseramente hablando se reduce a necesitar unos 10 mil millones de dólares para importar combustible y otros 10 mil millones para buscar más fluido en forma no convencional, se presentó de repente, como una hija adolescente embarazada de ocho meses y sin confesar siquiera quién es el padre. Drama superior, por supuesto, para los que no son demasiado adictos a la vida. Así fue sorprendida Cristina el año pasado. Todavía no se recuperó.
 
Se advirtió en su última cadena, cuando condenó otra vez en el sauna público al titular de Shell , Juan José Aranguren, repartió mandobles contra los piratas del desánimo, lanzó algunas medidas para disimular que no es un soviet y trató de inmolar a un periodista de Clarín disfrazándose de Héctor Magnetto, ya que sus objeciones profesionales –tener contratos por tareas extras con compañías no periodísticas– en todo caso le corresponden más a la empresa privada que lo alberga que a la Presidenta misma. 
 
En verdad, esa actividad de virtual jefa de redacción que practica en sus discursos les ha aliviado la faena a los periodistas, ya que les ahorra imaginación y búsqueda informativa: ella sola genera noticias que en otras partes no aparecen, provoca titulares, también editoriales, sus opiniones reemplazan el aburrimiento diario de la anodina información local y hasta de la complicada del orden internacional. Si no fuera por Cristina, los diarios venderían menos ejemplares y los periodistas deberían trabajar más. Merece del gremio un agradecimiento.
 
En el encendido reclamo por una ley de ética pública que encierre a un grupo reducido de personas famosas como periodistas (¿diez, veinte, treinta?), casi con nombres y apellidos, en un corral de suspicacias –y que no afecte a movileros o pibes que comienzan, sino contra las “estrellas” de la profesión–, de “una vez por todas”, Cristina misma se marginó de instrumentarlo: por el contrario, instruyó a otros voluntarios para que propugnen esa norma discriminatoria, rayana en la persecución. 
 
El paso al costado seguramente obedece al recuerdo que le devolvió el espejo: en algún momento advirtió que fue legisladora, que no podría auspiciar una ley tan reduccionista por más que lo deseara. Además, si puede imputarle infracciones, delitos o anomalías a un puñado de periodistas notorios que ejercen la profesión, que ésta es utilizada por ellos con pagos encubiertos para ejercer determinadas presiones y “no decir la verdad”, abre también el espacio de una ética pública poco investigada para juzgar a ministros, secretarios de Estado o funcionarios de distintos niveles que disponen de ingresos colaterales brindados por parientes y socios por servicios gastronómicos, judiciales, de hotelería, logística, por citar los menos escandalosos. 
 
Nadie del Gobierno se ha responsabilizado por la insensatez de la conducción energética en los años del oficialismo en el poder, más bien se desprende que fue caprichosa obra de Néstor Kirchner al clausurar inversiones imprescindibles por el veto constante, arbitrario y social a la recomposición de precios (según una elemental visión ortodoxa). Debe ser así porque continúan al frente hombres como Julio De Vido, Daniel Cameron o Roberto Baratta, los mismos que eligió el matrimonio, quienes, a costa de un cachetazo, alguna vez le cuestionaron al ex mandatario la ceguera en materia de tarifas. Nadie dice, tampoco, a quién se le ocurrió –por utilizar un verbo neutro– la introducción de la familia Eskenazi en el negocio de YPF.
 
Mientras, la Presidenta salió a desmentir que hubiera un conflicto con las provincias y hasta firmó un acta en ese sentido. No era culpa del periodismo estrella esa versión. Se podía consultar a gobernadores, a ministros provinciales y a uno de los directores de YPF, recién nombrado por Cristina, el sindicalista Guillermo Pereya, quien precisó detalles del enfrentamiento aún no resuelto entre la Nación y provincias (lo que podría explicar su renuncia al cargo esta semana). 
 
También salió, como corresponde, a dar explicaciones Axel Kicillof, nuevo tótem económico, señalando que el reciente Decreto 1277 no atenta contra futuras inversiones energéticas en el país. Por alguna razón hizo esta declaración, no para impedir una avalancha de ofertas internacionales, como anunciaban que iba a ocurrir hace cien días apenas. Hace cien días, también, alguien le hizo decir a la mandataria lo escandalosa que era la administración anterior de YPF, y los sórdidos negociados que al respecto se imaginaban, por ejemplo, la importación de arena de otros países (para el proceso de shale) cuando ese material sobraba en la Argentina, sea en los ríos o en el Atlántico. 
 
Después se enteraron de que esa arena no abunda en el país; el error en el mundo petrolero pareció tan risueño como el de escuchar, el jueves pasado, que en l5 años nunca se perforó un pozo de gas en todo el país. Cristina dice que ella no está para dar señales al mercado, a pesar de que dijo de su esfuerzo por mantener a YPF en los mercados (bajando, eso sí, inopinadamente su valor), pero sería interesante que Galuccio al menos les concediera más atención a las palabras que vierte la mandataria si es que, además de conservar el cargo, le interesa hacer próspera a la compañía.
 
Peleas, envidias, consultas e inconsultas, lo cierto es que la procesión de dislates alimentó la especie de que Miguel Galuccio renunciaría a la conducción de YPF, molesto porque Kicillof ni siquiera le avisó del cuestionable decreto que le había hecho firmar a la Presidenta. Lo publicó Clarín, al igual que otros medios, pero al periodista estrella del monopolio Cristina le colgó el sayo porque –según su interpretación– éste desestabilizaba a Galuccio en venganza porque el funcionario le había cancelado un contrato por servicios especiales. 
 
Ese contrato, y en esto no pareció reparar Cristina, fue otorgado por la administración anterior, tanto o más kirchnerista que la actual. En aquella gestión, realizada por un argentino empresario caracterizado como el más funcional a los intereses del matrimonio, quien más los visitaba, y no por un español inoperante como Antoni Brufau, era común enterarse de que antes de cualquier decisión en la empresa debía consultar a la Casa Rosada, sea con el inquilino titular o el suplente. Y esa consulta abarcaba los grandes temas de la compañía o los contratos por servicios especiales, el monto de la publicidad, quiénes no podían recibirla, negocios ad hoc, prebendas, distribución o concesión de áreas, otorgados en muchos casos a quienes aún hoy frecuentan la alfombra roja. O la integran.

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PARA MUCHOS QUE LES HE DICHO ESTO
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lo-que-calla-cristina-la-esposa-de-gustavo-sylvestre-
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