APUNTE SOBRE EL AJUSTE

Cristina 2014: El fantasma de Perón 1952

¿Es posible ganar una elección en medio de un ajuste recesivo? Sí, lo hizo Carlos Menem en 1995, aunque los K dicen que el riojano no es peronista (¡Qué duro recordarles lo del triunfo en medio de una recesión a los ladriprogres que creen que inventaron el universo!). Sin embargo, hacerlo es muy complicado, en especial cuando antes de que comience el ajuste se perdieron 2 comicios el mismo año (2013). Acerca de los ajustes, el peronismo tiene una historia traumática que intenta negar: cuando Juan Perón y su 2da. mujer, Eva Duarte, dilapidaron las reservas del Banco Central, el movimiento peronista tuvo que ponerse el cinturón y comenzar a ajustar. A partir de 1951, fue muy duro, y el ajuste ejecutado con la economía de guerra de 1952 le quitó el apoyo de muchos que antes vivaban al general populista. La historia es conocida: terminó buscando a la Standard Oil para que invirtiera en el petróleo argentino, mientras se peleaba con la Iglesia Católica y más adelante el desastre de la Revolución Libertadora que, según las fotografías de la época, movilizó mucha gente en la calle para vivarla. En fin, recuerdos que se actualizan en el siglo 21, no por el golpe cívico-militar sino por el ajuste que Perón no pudo o no supo cómo remontar. ¿Podrá Cristina vencer ese estigma del peronismo?

por CARLOS SALVADOR LA ROSA
 
CIUDAD DE MENDOZA (Los Andes). Frente a la imposibilidad de hablar de las cosas que pasan porque todo lo importante que su gobierno está en estos momentos implementando va en contra del relato, la presidenta Cristina Fernández se dedicó, en su discurso sobre el estado del país pronunciado en el Congreso Nacional, a ofrecernos un extensísimo recetario de kirchnerismo ilustrado donde el país de las maravillas que ella -junto a su marido- cree  haber realizado, brilló en todo su esplendor de fantasía. 
 
Sólo que esta vez el relato no dijo lo contrario a lo que ocurre en la realidad, como suele suceder, sino que simplemente no dijo nada. Porque lo contrario a lo que siempre dijo ser el kirchnerismo, lo está aplicando el propio kirchnerismo con su política económica ultraortodoxa aunque sea ejecutada por el más heterodoxo de los ministros, para que la contradicción parezca menos dolorosa.
 
Allá lejos y hace tiempo, en su discurso de hace un año en el mismo lugar, Cristina libró su último gran combate bélico -el más peligroso de todos- con el cual esperaba cambiar el sistema institucional argentino lo suficiente para que ella pudiera aspirar a la reelección indefinida. Hablamos de su burdo, audaz y frontal ataque contra la Justicia a través de una supuesta reforma con la que buscaba acabar con la autonomía del Poder Judicial.  
 
El rechazo de la Corte Suprema y la posterior derrota electoral hicieron que esta pretensión, no de reformar la justicia sino de politizarla y cambiarla por otra en las antípodas constitucionales, quedara en la nada. Ahora sólo anda, por allí, un chico de La Cámpora que asumió en el Consejo de la Magistratura declamando que los buenos jueces tienen que hacer política. Pero ya no lo escucha nadie.
 
Fracasada la pelea contra el campo primero, contra los medios después y contra la Justicia al final, el único combate que ahora libra Cristina suena bastante módico: el de echar la culpa a los empresarios por la inflación, lanzando el programita de Precios Cuidaditos y pidiendo a los legisladores que hagan alguna leyecita sobre defensa del consumidor. Épica módica, chiquitita, por donde se la mire. 
 
Sin embargo, su ambición no es tan chiquitita. 
 
Cuando ayer subió al palco para hablar a sus pibes para la liberación ubicados en la plaza, les dijo que aunque los quisieron hacer aparecer como unos salvajes, ellos pagaban las cosas. Por eso el arreglo con Repsol por la apropiación de YPF. Lo cual es cierto, ya que en el acuerdo final con los “gallegos” los cristinistas parecieron bastante mansitos, al menos mucho más de lo que se esperaba. 
 
Con ello descubrimos que cuando tomaron por la fuerza pública las oficinas de Repsol expulsando a las patadas a los empleados que estaban almorzando, quisieron parecer salvajes porque eso es de buen revolucionario, para dar un toque épico a lo que al final resultaría un feliz negocio para los ejecutivos de Repsol. Pero que no eran nada salvajes, como lo demuestran ahora pagando hasta las cerraduras rotas y las costas, a Repsol. 
 
Tampoco hay que olvidarse del contexto y recordar que cuando quisieron vendernos publicitariamente la reestatización de YPF como si fuera la toma de las Malvinas, todavía estaban convencidos de que el camino a seguir era el de ir por todo. Que el objetivo consistía en profundizar el modelo hasta sus últimas instancias. 
 
Ahora, en cambio, lo que están haciendo es desprofundizarlo. Al menos hasta que puedan conseguir dinero de fuera del país, porque el de adentro, con el que hicieron “su” revolución, se les acabó hasta el último centavo y por un tiempo deberán hacerse los buenos con los villanos del relato para que estos les presten la plata que les permita seguir siendo malos con los malos.
 
Ni la inflación ni la inseguridad (los dos problemas más graves de la Argentina) parecen preocupar del todo a la Presidenta. Tampoco la devaluación o el inminente achique salarial. No, lo único que a la Presidenta no le cierra en su mente, como problema de conciencia, es lo de YPF. Por eso le dedicó tantas explicaciones. Porque la bandera que quiso poner como proeza central de su segunda gestión, era la de quedar en la historia como quien devolvió el petróleo a los argentinos, sus legítimos dueños. 
 
Proeza por la cual posiblemente quede en la historia, pero no como ella quería, porque en vez de sacársela a los colonialistas realistas tal cual Dios manda, vale decir, haciéndoles pagar todas sus tropelías anteriores (de la cuales, según el discurso oficial, el gobierno nada tuvo que ver), lo que ocurrió es que fue el gobierno quien debió pagar hasta el último centavo (y un poquito más) por la tropelía de tomar YPF por asalto para alegría de la hinchada popular. Es que los caprichos se pagan. Y caros.
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Tan triste se encuentra la Presidenta por todas las concesiones que debió hacer para mantener en pie el hecho principal de su épica revolucionaria, que hasta se atrevió a insinuar que fracasada la revolución contra la oligarquía pampeana, la revolución contra los medios y la revolución contra la Justicia, su próximo paso será el de la revolución energética. Para compensar la aflojada actual. 
 
Esa revolución que nos devolverá el autoabastecimiento (que el propio gobierno kirchnerista nos quitó), poniendo todas las fichas en Vaca Muerta a ver si desde allí se saca la plata con la cual hacer la segunda etapa de la revolución, tal como se hizo la primera con la plata de la soja.
 
En síntesis, que la revolución energética de los Kirchner parece la revolución productiva de Menem, ésa que venía acompañada del “salariazo”, como ésta de los “precios cuidados”. Cuenteríos.
 
Aunque posiblemente la última Cristina ya no se mire tanto en el espejo del primer Perón de los años '40 o en los jóvenes setentistas de los años '70, con los cuales fue de fiasco en fiasco, sino que más bien desee imitar algunas de las cosas del Perón de su segunda presidencia (1952-55) y de la posterior presidencia de Frondizi. Del Juan Perón lanzando un duro plan de estabilización económica e iniciando una política petrolera con participación de empresas extranjeras, que luego Arturo Frondizi continuaría mucho más profundamente.
 
Sin embargo, del dicho al trecho hay un largo trecho y siempre, si uno desea inspirarse en etapas pasadas, debe primero contextualizar el presente donde insertar esas anteriores ideas. Que es lo que no hizo bien el kirchnerismo hasta ahora. 
 
Así, del primer Perón buscó continuar sus políticas de inclusión y redistribución social aplicando medidas similares a las que en aquel entonces tuvieron éxito. Pero lo que hace cincuenta años marchaba en una dirección, ahora puede conducir hacia la contraria.
 
Por lo tanto, del viejo peronismo el kirchnerismo sólo pudo aplicar el autoritarismo político y mediático, o sea lo peor de aquel entonces, pero no logró ni la redistribución ni la movilidad social, lo mejor de aquel entonces, la transformación en menos de una década de los “cabecitas negras” en una nueva clase media que se sumó a la anterior.
 
El kirchnerismo recuperó algunas ideas de los viejos tiempos, de las cuales la principal fue la de  vivir con lo nuestro mediante la gestación de una industria sustitutiva de importaciones que fuera subsidiada por la riqueza agraria. 
 
Hoy esa industria que buscaba la autosuficiencia  ha envejecido y por más aportes del campo que reciba, difícilmente pueda adaptarse a las realidades de la globalización que exigen producciones mucho más especializadas. 
 
Hoy ningún país puede aspirar a la autosuficiencia; y si quiere tener alguna industria debe dedicarse a construir una o pocas partes de algún producto (y no el producto entero), o algunos pocos productos (y no todos los productos), en relación a sus ventajas competitivas, que no son las que ofrece la naturaleza (ventajas comparativas) sino la capacidad de sus factores de producción (el nivel de sus trabajadores, la iniciativa de sus empresarios, la productividad laboral, la calidad institucional, etc.).
 
En cambio, el kirchnerismo, prosiguiendo la vieja usanza, sigue viviendo de las ventajas comparativas, o sea de la renta agraria, para con ella mantener una ineficiente industria urbana, cuando lo que debería hacer es desarrollar una industria agraria, alimenticia, en la cual podríamos ser más competitivos que ensamblando automóviles o televisores.
 
De ese modo no seguiría subsidiando una industria artificial sino otra posible. A la vez, al industrializar el campo, evitaría la pura expansión sojera que dejará de ser útil cuando China deje de comprarnos. 
 
En otras palabras, nuevos caminos de integración “neodesarrollista” que este gobierno tuvo la oportunidad de iniciar en 2008 si en la revuelta con el campo hubiera optado por la conciliación en vez del conflicto y el Estado se hubiera puesto al frente de una auténtica revolución agraria, en vez de querer vivir de una buena cosecha (como la que se espera este año para que le salve las papas a un gobierno que no dejó macana por hacer). 
 
Ésa es la revolución que tenemos pendiente y no la revolución energética si con ella sólo se quieren conseguir nuevos “commodities” para que una clase parasitaria pueda seguir viviendo de rentas, con lo cual el país en vez de alcanzar el desarrollo que intentaron Perón y Frondizi, lo único que conseguirá es avanzar hacia el subdesarrollo revolucionario, del cual Venezuela es un ejemplo. 
 
Ese país a cuyo gobierno Cristina ayer, en su discurso, alabó, acusando de golpistas a la parte del pueblo que salió a las calles y que fue reprimido por el poder.