Discutir quién es el culpable cuando el agua superó ya la altura del cuello del damnificado es un recurrente acto de maniqueísmo que caracteriza a la política nacional, y sobre todo cuando no es sólo un efecto pasajero la inundación, sino que hace que en menos de 9 meses 18 de 19 departamentos de una provincia litoral, como Santa Fe, mantengan durante un tiempo prolongado una emergencia por la implacable devastación que origina la corriente del Niño.
INUNDACIONES
Es el cambio climático, estúpido (y hay que anticiparse al fenómeno)
Cada vez más seguido las inundaciones ganan espacio en la agenda mediática, provocan intercambios de culpas entre gobernantes, funcionarios, jurisdicciones y vecinos, pero no se termina de asumir que el cambio climático no es una de las tantas frases que justifican los sueldos y viáticos de burócratas que trotan por los foros mundiales pronunciando discursos, sino que es una realidad que se cierne sobre las poblaciones, sus fuentes de producción y supervivencia. Ý hay que preverlo. Tiene que trabajarse anticipando sus consecuencias. Aunque hace rato que la convivencia con los desarreglos meteorológicos se ganó el lugar en la agenda para ser considerada una política de Estado, la prematura ponderación de pérdidas materiales y la esgrima de epítetos entre protagonistas de la política que privilegian los grandes diarios en la cobertura, en su afán por deslindarles responsabilidades al oficialismo que los sponsorea, desvía la atención del eje central del problema: el cambio climático es cierto y llegó para quedarse.
Los grandes medios periodísticos se montan literalmente en la ola y le dedican las portadas a la inundación en Santa Fe, en pleno recambio de alta temporada turística que anegó las rutas y los cruces fronterizos de veraneantes con esperas de más de 10 horas, que inclusive en el paso a Chile provocó una víctima fatal por sofocamiento.
La crónica rescata asimismo la foto de un micro lleno de pasajeros que se encuentra varado en el sur santafesino, al que le llega el agua a las ventanillas, mientras en la autovía 2 rumbo a la costa atlántica colegas suyos pasan las horas inmóviles mientras el tránsito “desagota” lentamente.
El cambio climático sorprende sin ser novedad
Ambas no son postales que sorprendan a nadie, por lo remanidas, pero igual se repiten invariablemente, y en el caso del campo, sea Carlos Casamiquella manejado por La Cámpora durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner o el actual ministro radical del ramo, Ricardo Buryaile, el denominador común es que acuden a las zonas afectadas en pleno desastre, más preocupados por culpar a los rivales políticos que por los dramas que construyen las historias de vida en secuencia del minuto a minuto.
Mientras la corriente obliga a evacuar poblaciones y arrastra animales y sembrados, ¿es tan importante buscar responsables? ¿No se puede esperar a que la situación esté controlada para los deslindes, acusaciones y luego, civilizadamente, analizar qué hacer en el futuro para convivir con un cambio climático del que se habla en ingeniosos discursos durante conferencias y foros internacionales, sin que nadie se haya tomado en serio?
De todos modos, es cierto que hay que trabajar en función del cambio climático. Hay que anticiparse. Hay que crear infraestructura, y eso es lo que falta.
El diario La Nación le da la derecha al gobierno amigo e invoca “altas fuentes” haber dicho antes del viaje de la delegación a Santa Fe: "Pedimos hace un año un informe hídrico a Córdoba y Santa Fe. Córdoba nos lo envió enseguida. Gobiernan hace 9 años la provincia y más de 20 Rosario, se hizo poco y nada en materia de prevención".
Contra las cuerdas, el gobernador Miguel Lifschitz atribuyó la catástrofe a la falta de recursos para la obra pública y al drenaje de los campos de Córdoba. A sus antecesores, Antonio Bonfatti y Hermes Binner, no pudo señalarlos ante una hipotética herencia porque vienen todos del mismo palo.
Metido metafóricamente “hasta las rodillas” en la polémica, el irresistible encanto del “fierrito” (el micrófono de los móviles) le hizo decir a Buryaile (ahora se entiende por qué Gildo Insfrán permanece desde hace tanto tiempo en Formosa... ), mientras se dirigía a Santa Fe: “Tenemos que preguntarnos por qué cada vez que llueve se inundan muchas localidades. Hay que ver si es por exceso de lluvias, faltas de obras o agua que viene de otras provincias. O tal vez, es por todas estas cuestiones combinadas”.
El gobierno santafesino, a la sazón de extracción socialista, antaño aliado al radicalismo (hoy socio de la coalición oficialista Cambiemos), reclama ayuda federal en el medio de la catástrofe, mientras le apunta a Córdoba por escurrirle el agua y sumarla a la que le chorrea desde el cielo. La administración de Juan Schiaretti cultiva buenas migas con la Casa Rosada, mientras entrecasa hace equilibrio entre el tradicional peso interno de la UCR y el PJ delasotista inclinado al frente renovador peronista.
No constituye este entramado político de la llamada zona núcleo agrícola el trasfondo de la crisis que viene deparando en forma sostenida la vapuleada Naturaleza, sino que asume el primer plano, por encima del más de 1,5 millón de hectáreas afectadas y los más de US$ 1.000 millones en pérdidas para Santa Fe que estima Clarín en sus titulares.
La Nación, que destaca el cruce de imputaciones entre el gobierno nacional y el santafesino, hace eje en el recálculo de cosecha que obligan a realizar las inundaciones y gira su enfoque alrededor de las previsiones que ensaya la consultora AgriPac, según las cuales de los 55 millones de toneladas de soja estimados al inicio de la campaña baja a 50 millones de toneladas. Monetiza esos 5 millones de toneladas menos en US$ 1.750 millones, aproximadamente el 7% del valor de la cosecha.
El inventario que publica da cuenta de que hay un millón de hectáreas sin sembrar con el cultivo: 300.000 por la sequía en el sur bonaerense y 700.000 por inundaciones. Además, hay otras 700.000 hectáreas anegadas, ya sembradas.
Las cuentas ya las habían sacado con creces en la Bolsa de Rosario, inclusive anticipándose a Chicago, muda por el feriado en Estados Unidos. Adivinaron los efectos negativos que tendrán las grandes inundaciones en la zona núcleo agrícola y la sequía en el sur bonaerense sobre la campaña de la oleaginosa, e hicieron subir la soja 4 dólares por tonelada, o 1,5%. Así, la soja cerró el viernes a u$s 384,4 la tonelada entrega marzo.
Las aguas suben turbias
Un desolador panorama queda bajo las aguas: más de un millón y medio de hectáreas están afectadas directamente por el agua (un 25% de la superficie productiva). Alrededor de 1.400 los tambos quedaron afectados en la cuenca lechera, lo que implica que se dejen de producir 1.800.000 litros de leche por día. “En enero, si es que no tenemos más problemas con las lluvias, habrá 54 millones de litros menos de leche”, le dijo a Clarín el ministro de la Producción de la provincia, Luis Contingiani.
En cuanto a las pérdidas materiales, se contabilizan US$1.100 millones en lo que va este enero, según estimaciones oficiales del Gobierno de la provincia de Santa Fe, a los que si se le agrega lo que dejó el fenómeno climático de abril de 2015, superarían los US$3.500 millones.
La política no ha podido darle respuesta al flagelo climático cada vez más frecuente porque necesariamente tiene que rendir cuentas antes de gestarlas. Hay científicos bien preparados en el INTA y becados por el Conicet que silenciosamente contratan algunos municipios para tomar precauciones ante lo que ya se considera una amenaza latente que afecta a las poblaciones.
Llevan en sus computadoras simulacros de azotes meteorológicos cuyos promedios les sirven para recomendar prevenciones que al menos mitigan las consecuencias de los fenómenos que se escapan de las pantallas. Por ejemplo, en las localidades santafesinas de Rafaela, Venado Tuerto, Pueblo Esther, Wheelwright, Elortondo, Santa Isabel, Santa Teresa y Hughes se superaron las marcas históricas de lluvias y el caudal caído de golpe, con lo que ningún desagüe pudo drenar ni remotamente a semejante ritmo.
Aunque parezca imposible atajar récords, el cambio climático debería ser a esta altura una política de Estado en lugar de un monstruoso residual de la huella de carbono que gana las primeras planas cada vez más seguido. En lugar de bajar de rango el área nacional del medioambiente, quizá sería más oportuno subirle la puntería a la gestión.









