La gestión de Mauricio Macri al frente del Poder Ejecutivo Nacional ha acumulado en 15 meses muchas malas noticias y bastantes más de “los 4 ó 5 errores entre miles de decisiones” que reconoce.
GLOBOS AMARILLOS PINCHADOS EN EL CONGRESO
Al final, el récord del trigo resultó ser pan de otro costal
Después del chubasco de la yerba mate (el paquete era para quejarse, no para agradecer) y el desmentido de los arándanos (exportaron per perdiendo dinero), hay otro error en el discurso de Mauricio Macri ante la Asamblea Legislativa: el Presidente habló de récord en el área sembrada y cosecha de trigo, lo mismo que en las ventas externas, pero le enrostraron el aumento que ha ocurrido en el precio del pan, que duplicó en 3 meses el índice general del INdEC. De pronto, Guillermo Moreno, quien venía perdiendo la polémica con el actual secretario de Comercio, Miguel Braun, sobre la ventaja y desventaja de intervenir en los mercados, se topó con una inesperada ayuda a su slogan de “defender la mesa de los argentinos”.
Ni siquiera los indulgentes docentes que, en aras de una inclusión malentendida, mandan a la secundaria a penar a chicos que no están en condiciones de aprobar en la primaria le obsequiarían el 8 con que se autoevalúa.
Los asesores que rodean al jefe de Gabinete, Marcos Peña, instruidos para escarbar en la búsqueda de perlitas que pudiera mencionar en el discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, le hicieron resaltar un crecimiento del 58% en los envíos de arándanos al exterior desde el aeropuerto de Tucumán, que exasperó a los productores del Comité Argentino de Arándanos (ABC) y los llevó a aclararle que el punto de embarque no es representativo de la realidad del sector y que, si bien entre 2015 y 2016 hubo un incremento del volumen exportado de alrededor del 15 % (casi 4 veces menos que el porcentaje destacado por el Presidente), “comercialmente no fueron buenos los resultados económicos".
Tampoco “la contra” le dejó pasar la referencia que hizo sobre el récord alcanzado en el área sembrada y la cosecha de trigo como respuesta del campo a la mejora cambiaria y a la eliminación de las retenciones del 20% que dispuso apenas tomara posesión del sillón de Bernardino Rivadavia.
El vicepresidente de la Cámara de Diputados, el mismo que firmó con otros colegas del Frente para la Victoria el insólito pedido de juicio político al mandatario (de José Luis Gioja se trata), le salió al cruce con una pálida de mayor relieve para la sensibilidad popular: "Entre los logros de su gestión, el Presidente hizo mención al aumento de producción de trigo, cosa que todos celebramos, pero con el pan a $50 por kilo, los únicos que se benefician son unos pocos productores, no el pueblo que consume pan", apuntó el ex gobernador sanjuanino como quien, dicho en el argot gauchesco, le escupe el asado al que pretende agasajar a sus invitados.
En este caso le apuntó a otro ícono del acervo nacional asociado subliminalmente por generaciones al bienestar de la población cuando es abundante, o a la pobreza, cuando no está accesible: el pan.
El precio en las panaderías y el normal abastecimiento se avinieron, a través de los tiempos, en ineludibles referencias sociales. Y de nada sirve como antídoto la campaña de desacreditación que se le suele hacer desde la cultura light relacionándolo con la obesidad.
Sea el miñón, la flauta o el “de campo”, el insumo es la harina que procesa en los molinos con el trigo que le llevan de la cosecha. De modo que la cadena de valor del pan termina siendo como la cuerda de una eterna cinchada entre dicotomías políticas como mercado interno versus exportación. O agroexportación versus mesa familiar. O, yendo más al fondo del prefabricado imaginario ancestral, pueblo versus oligarquía rural.
El prólogo de esta nueva edición de esta batalla simbólica en el seno de la sociedad lo escribió el actual secretario de Comercio, Miguel Braun, cuando el año pasado dejó sin efecto la resolución 67 dictada en julio de 2013 por su antecesor (y centurión del kirchnerismo), Guillermo Moreno. En el contexto de una puja con los exportadores de cereales y molineros por la escasez de harina que presionaba sobre el precio del pan, el ex funcionario K obligó a los distintos sectores del proceso productivo a "ejecutar las acciones comerciales tendientes a proveer adecuadamente al mercado interno".
La derogación alcanzó a otras 2 disposiciones de entonces que blandían la amenaza de la Ley de Abastecimiento del Trigo.
En el Boletín Oficial se justificó la medida con el factor de éxito que ahora se arroga el gobierno macrista al anunciar una cosecha récord de trigo para la campaña 2016-2017, que la sitúa en 18,3 millones de toneladas, lo que supone un crecimiento del 62% respecto a la campaña anterior (sin que alguien se haya decidido a investigar si los números de la campaña anterior estaban inflados, algo que sí denuncian varios molineros): la Secretaría de Comercio modelo 2016/17 adujo que las medidas de Moreno habían desalentado la producción del rubio cereal “y provocaron el desplazamiento de los productores hacia otros cultivos, generando escasez y el consecuente efecto inverso al deseado en los precios internos de dicho producto y sus derivados".
Menos regulaciones, más producción
La actual es la cifra más alta de la historia y ocurrió por primera vez en una campaña sin retenciones ni trabas para exportar. Se la tiene por hija íntegramente de la administración macrista porque el grano se sembró desde junio de 2016 y fue cosechado hasta principios de 2017.
La guerra va más allá de las ideologías que encarnan los contendientes.
En este rincón: un descendiente de la arcaica oligarquía patagónica que, de la explotación con la lana esquilada, se extendió a la monopólica provisión regional a través de La Anónima.
En el otro rincón: el ex militante revolucionario de los '70, reciclado hoy a empresario de choripanes en sociedad con un general del Ejército al que acaban de poner preso por causas de presunta violación de los derechos humanos, como César Milani.
Moreno enfrentó el encono de los productores de trigo ante la intromisión del Estado que afectaba sus ganancias, pero tuvo la recepción favorable de industriales y panaderos porque abarataba el costo de la harina.
No fue sólo una conflagración dialéctica. Creó a través de las resoluciones 325 y 360 un “registro de oferta de trigo disponible para su comercialización”, al que podían inscribirse pequeños productores de La Pampa y del sur de Buenos Aires que hubieran alcanzado una producción máxima de 1.600 toneladas en la campaña 2014/2015. Como contrapartida habilitó otro de demanda para compradores del mercado interno o externo.
Cualquiera inferiría que si no funcionaron tales anotaciones “de almacenero” sería porque los datos no coincidían con la realidad y que ahí anidaban las distorsiones.
Por ejemplo, en 2013 el gobierno autorizó más ROE’s (Registro de Operaciones al Exterior), que habían sido implementados en pleno conflicto con el campo, a mediados de 2008, para establecer cambios en la legislación vigente (Ley 21.453), tendientes a limitar la salida de los productos sensibles para el consumo interno (trigo y maíz) según el nivel de disponibilidad.
El resultado fue una producción reducida por aspectos climáticos adversos que llevó a precios internos sumamente elevados -aunque solo nominales-, ya que fueron muy escasas las operaciones realizadas a los niveles más altos.
En el resto de los años se observa una diferencia muy significativa entre lo que “podía pagarse” y lo que finalmente se “pagó”.
Actualmente, el precio de un kilogramo de pan aumentó hasta rondar los US$2,8, un 87% más caro que hace 3 meses. "Desde noviembre de 2016 y hasta febrero de 2017, en virtud del incremento en la harina y el gas (incluyendo los últimos aumentos), el precio que pagarán los consumidores habrá registrado un aumento acumulado del 83%, muy por encima del nivel general (que sufrió un incremento del 41)", advierte un informe del Centro de Estudios de Política Argentina (CEPA).
Atribuye que el valor del pan se haya duplicado en ese breve lapso respecto del índice general del INdEC a que los molinos y distribuidores se estén adelantando a futuros incrementos en el valor del trigo por la desaparición de los stocks acumulados y la mala calidad de las últimas cosechas.
Es raro que se tema por la reposición de existencias cuando el gobierno informó oficialmente que la superficie sembrada pasó de 3,5 a 4,3 millones de hectáreas, con un rendimiento de 3 toneladas por hectárea. De modo que la cosecha generará un saldo exportable de 7 millones entre grano y harina (un 5% del total embarcado). Las otras 5 quedan para la plaza interna.
Si los números son fehacientes y ya sin las restricciones a la comercialización de las disposiciones derogadas, tendría que quedar para todos.
Es cierto que aún se está lejos de 2001/02 cuando se habían sembrado 7 millones de hectáreas, si bien una década más tarde, en 2012/13, el área cultivada se redujo a la mitad. Fue la cifra más baja en 100 años, apenas un tercio del récord de 1928, de 9,3 millones de hectáreas cultivadas.
En medio del siglo XXI y en el marco de un entusiasta proceso de cambio tecnológico, donde la nueva genética, la fertilización y la fenomenal idea de la siembra directa, se abrían paso al galope, la cosecha superaba las 16 millones de toneladas, pero el trigo ya no era el cultivo más importante, como lo había sido un siglo antes, cuando dominaba claramente.
Un hito llamado ONCCA
Un hito importante en estas mutaciones de la producción tradicional del campo sucedió en 2005, con la transformación de la ONCCA (Oficina Nacional de Control Comercial Agropecuario) en un organismo descentralizado con claras funciones de fiscalización, regulación y control del mercado en consonancia con otros entes de recaudación tributaria.
En el mismo día se celebraba el 2do. encuentro nacional organizado por la Federación de Acopiadores, “A TODO TRIGO 2006”, que iniciaba una vez más un periodo de intervención del Estado en los mercados granarios, con el cierre temporario de los registros de exportación de este cereal por parte de las autoridades de la ONCCA, a los cuales se sumarían posteriormente la carne y el maíz.
En ese ciclo, con una exportación final de más de 9 millones de toneladas, y sin ningún temor de desabastecimiento interno, se decide la cancelación de las exportaciones, con solo el 56% del saldo exportable realizado.
Desde entonces se instaló que había que asegurar la “mesa de los argentinos”, en el marco de limitaciones comerciales permanentes tanto para la materia prima (trigo) como para sus derivados (harina), que tendían a neutralizar el impacto inflacionario de éstas en la economía nacional.
Al revés de lo que se creía, se incrementaron en forma significativa los costos de operación. Este nuevo “costo argentino”, surgido de las limitaciones en la comercialización, la incertidumbre de contar con los permisos para embarcar en tiempo y forma y los importantes desfasajes financieros producto del pago adelantado de los aranceles de exportación, de la creciente demora en la devolución del IVA, etc., explica en gran medida los marcados diferenciales entre los precios FOB de exportación en los puertos argentinos y sus equivalentes internos.
Se ensayaron programas de aliento a la siembra como el “Trigo Plus” y el “Maíz Plus”, que planteaban que, a partir de un determinado nivel de producción, se preveía bajas en las retenciones. La inviabilidad de controlar los resultados llevó a un nuevo fracaso en una serie de medidas que jamás se concretaron.
La realidad ponía de manifiesto que no sólo se ampliaba sistemáticamente la brecha entre los precios que podrían pagarse y los que efectivamente se abonaban, sino que la falta de competencia entre sectores limitaba la posibilidad de venta de la producción independientemente de los precios recibidos. No había mercado ni compradores.
Así, en 2012, se había bajado a la mitad. Entre retenciones, trabas a la exportación, desdoblamiento cambiario (con el dólar oficial un 35% por debajo del real), manipuleo del mercado y hostigamientos de todo tipo, el campo se replegó. Menor superficie, pero también menor uso de tecnología. En particular, de fertilizantes, de los cuales, de consumir 3,5 millones de toneladas (una cifra que no alcanzaba a compensar lo que se llevaban las cosechas), se pasó a apenas 1,5, siendo que buena parte se produce en el país: los nitrogenados (urea y derivados) se elaboran en el polo petroquímico de Bahía Blanca y en Campana. El trigo y el maíz son la forma de exportar fertilizante con valor agregado. Cada 10 toneladas que salen como cereal, llevan 1 tonelada de urea.
El cambio cualitativo de la campaña 2016/17, ahora en plena recolección, es que se volvió a fertilizar masivamente. Con timidez de bolsillo, con dosis “prudentes” en la siembra.
Pero al avanzar la primavera, con buenas lluvias y menos temor, los chacareros se largaron a refertilizar los cultivos. “Urea al macollaje”, una práctica olvidada hace una década, cuando recién despuntaba. Eso significa más rinde y sobre todo, mejor gluten, que es lo que exige el panadero. Y también lo que reclaman los molinos brasileños, la niña mimada de la cadena argentina de trigo, con quien la relación comercial se complicó.
Brasil, una referencia diluida
Por razones geográficas (el trigo se da bien en zonas templado frías), Brasil no produce trigo en cantidad y calidad, y necesita importar el 70% de lo que consume: unas 8 millones de toneladas por año. Es el segundo importador mundial, después de Egipto.
Cuando se negoció el Mercosur, Argentina logró una preferencia arancelaria del 15% para el trigo, además de las ventajas de flete por cercanía. Esto significa que cualquier partida de otro origen debía pagar un 15% de derechos de importación para ingresar al Brasil.
Pero la caída continua de la producción argentina fue minando las posibilidades de atenderlos. La política de los “ROE” (permisos de exportación, cada vez más restrictivos) llevó a que los brasileños pateasen el tablero. Encontraron la justificación para importar de otros lados eliminando el arancel. Encima, el escaso trigo que se les despachaba adolecía de falta de proteína y otras calamidades argentogénicas. Los molinos brasileños siempre importaron algunas partidas de calidades especiales, fundamentalmente de Canadá o EE.UU. Pero en estos años trajeron de Rusia y Ucrania, asumiendo costos extraordinarios de fletes.
Hay una consecuencia adicional.
El trigo de extrazona puesto en los puertos de Brasil es muy caro. Esto, sumado a la inseguridad de abastecimiento a que los sometió la Argentina, fue un fuerte estímulo para que intentasen el autoabastecimiento. En eso están.
En el cruce de sables de los gladiadores M con los K para deslindar responsabilidades en torno del trigo y el pan que los macristas les achacan a sus antecesores por sus desaciertos se han dejado de producir unas 50 millones de toneladas (4 por año, en 12 años). A precios de hoy, US$7.500 millones. Ese lucro cesante no refleja otras externalidades negativas, como el deterioro de los suelos (que necesitan el trigo en la rotación) y la pérdida del “efecto difusión” que generan los ingresos del campo en la economía del interior.
El ministro de Agroindustria, Ricardo Buryaile contrastó con que ahora se haya sembrado un 44 % más que la campaña anterior 2015-2016 y que las exportaciones del grano hubieran aumentado el año pasado el 138 % en comparación con 2015, lo cual representa divisas por más de US$1.800 millones, un 80% más que el período precedente. Se abrieron además 18 nuevos mercados para el trigo, entre ellos Egipto, Tailandia e Indonesia.
Expertos privados puntualizan que "el mercado sigue pujando entre la demanda activa a estos precios más bajos y la entrada de una cosecha muy grande en EE.UU. El análisis técnico está mostrando que en la puja de ambos elementos se forjaron pisos en maíz y soja, y que esto ayuda al trigo a mejorar".
Otro palo para Moreno vino del lado de Ezequiel Tambornini, creador del sitio Valor Soja. Contó que "muchos de los argentinos que hablan maravillas de Australia no saben que a comienzos de los años ’80 –acá nomás– esa nación tenía una matriz económica similar a la presente actualmente en la Argentina. Había inflación, desempleo y desánimo. Tenían la autoestima por el piso: incluso el entonces presidente de Singapur los había calificado como pobre basura blanca", recordó. Pero "en marzo de 1983 fue elegido en Australia un nuevo gobierno de centroizquierda encabezado por un sindicalista, Bob Hawke, quien eliminó gradualmente todas las protecciones que impedían la libre importación de muchos bienes (como vehículos, vestimenta y calzado) para focalizarse en incrementar las exportaciones en las áreas en las cuales los australianos son competitivos (como minerales, petróleo, trigo, carnes o vinos)".
Agregó: "El resultado: más de 30 años de desarrollo económico. Los australianos son lo que son porque cambiaron. Toda creación se origina a partir de la devastación de un orden precedente".
El derrame de los granos
La cosecha total de granos aportará hasta un 0,8% al Producto Interno Bruto (PIB) de este año y alrededor de US$2.000 millones más que en la campaña pasada, según un informe del Instituto de Estudios Económicos sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL).
El valor adicional que tendrá la próxima cosecha agrícola respecto del año pasado agregará "un 0,4% al PBI en 2017, pero por un mayor dinamismo en la economía también podría empujar entre 0,6 y 0,8% ese indicador", según el estudio privado.
La cosecha llegaría a 121 millones de toneladas, por encima de los 115 millones de la anterior y su valor sería US$34.600 millones, 2.000 millones más que la campaña pasada.
Según el economista del IERAL, Juan Manuel Garzón, "estos fondos adicionales, de volcarse completamente a la economía vía decisiones de inversión y consumo, generarían, además, un efecto multiplicador sobre otros sectores de la economía".
La campaña agrícola puede generar un flujo de ingresos que "empuje el nivel de actividad económica en un orden de magnitud de entre 0,6 y 0,8 puntos porcentuales del PBI".
A Macri, que se floreaba en el discurso con la cosecha y con el Plan Belgrano como clave del impulso a las economías regionales, lo corrigieron, le sacaron a relucir la crisis de la yerba mate al obsequiarle un paquete misionero que estuvieron repartiendo gratis en señal de protesta y le volvieron en contra (para la foto) los buenos anuncios.
Le pincharon los globos amarillos.







