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AVATARES DE LA MODERNIDAD LÍQUIDA

CFK y su complejo con la virtud y una sociedad enferma

Lun, 24/06/2019 - 6:39pm
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"Unos y otros estamos enfermos en nuestros espíritus, pero creemos que los enfermos son los otros", afirma el autor.

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Con máxima simpleza podríamos decir que el complejo es una perturbación o disconformidad que genera un sentimiento de desvalorización de la propia persona. Las causas pueden ser variadas pero en general se remiten a experiencias vividas y sus resultados que son ponderados, con acierto o no como fracasos.

Pues bien Cristina, siempre en mi opinión, padecería “el complejo de la virtud”, lo que nos ayudaría a entender una  parte de su conducta.

Su infancia, siempre según de lo que surge de sus biografías y narraciones periodísticas, no sé cuan feliz pudo ser, pero es obvio que en esos años se ocultaría y predominaría, un pasado más bien triste y doloroso.

Este “complejo de la virtud”, explica sus transgresiones que la llevan confundir la picardía, con la virtud; la venganza con el concepto de justicia; las limitaciones institucionales como prohibiciones arbitrarias; la fidelidad con la obsecuencia; el poder con la fuerza o el voluntarismo  y el amor con debilidad.

Cuando dice que hubiera sido “amante de Manuel Belgrano”, lo plantea como pícara transgresión, confundiendo los tiempos existenciales, porque lo razonable habría sido pensar que si hubiera vivido en esa época le habría gustado ser su mujer en una relación de amor pleno. Podríamos decir que traslada su íntimo deseo virtuoso,  con la picardía del presente, a otro tiempo que no es el actual o propio, a otra circunstancia en términos orteguianos, en el que las virtudes eran valores.

Esa comparación también mostraría su “complejo” con Maria Eugenia Vida, frente a quien se siente en un plano inferior, por eso la idealiza en términos religiosos al elevarla al plano de la virginidad, porque no logra descubrir en ella ninguna debilidad que ponga en duda los valores de una conducta virtuosa. 

Es obvio que Vidal, como todo ser humano, debe ser portadora de errores y fracasos- el divorcio es un fracaso y bien lo sabemos los divorciados- como la propia Cristina, pero ese aspecto, Cristina no lo logra ver, cegada por su complejo con la virtud.

Siguiendo con esta línea de razonamiento Cristina en esa relación de los opuestos que tan bien explicó Victor Massuh en uno de sus libros “Nihilismo y Experiencia extrema”, siempre siente que la “virtud” la acosa por eso opta por sus opuestos negativos. 

El llamado “síndrome de Hybris”  una desmesura de las propias capacidades, no es más que una muestra de esa debilidad de la personalidad que le impide ubicarse en el tiempo contemporáneo. 

El tiempo presente no es su tiempo, ella pertenece a otro tiempo, pero le toca actuar en este tiempo moderno y por cierto perverso.

Esto explicaría también su devoción por el pasado  y en cierto modo su idealización que la lleva mucho más a pretender  actualizarlo que construir un futuro, es como si quisiera revivir en otra versión verdaderamente virtuosa lo que parece ser su dolorosa infancia y adolescencia.

De allí nace su pasión por la narración de mitos épicos que tienen  como finalidad generar emociones de empatía y de sentimientos primarios en la gente, relatando su dolor y ponderando el significado de la transgresión.

El llamado populismo, tan antiguo como la política no es más que una forma de construir poder a partir de las propias debilidades exhibiéndolas como virtudes modernas.

Es interesante para entender esto el discurso sobre los juicios que investigan hechos de corrupción.

Más allá del hecho que no son juicios sencillos ya que la “corrupción” tiene esa extraña habilidad de escurrirse por los vericuetos de las garantías  defensivas de los regímenes políticos liberales, se plantea la ilegitimidad de su investigación dado que su deontología no entiende que la corrupción esta justificada por su fin supuestamente redentor. 

Estas deformaciones, por lo menos en lo más íntimo de mis convicciones, son legitimadas por la liquidez cultural de la modernidad que nos toca vivir.

La modernidad logró imponer, por cierto circunstancialmente la creencia de que las cosas y los hechos no son como son, sino como creemos que deberían ser. 

En este mundo desaparecen las diferencias-gravísimo error- y se eliminan los opuestos dejando como válidos solo uno de sus extremos.

Es tal la confusión que políticamente hablando en la Argentina 2019, todos están sumergidos en la misma confusión. 

Lo que importa es el malabarismo de los hechos, es como si aceptáramos el triunfo de la sofistica sobre la filosofía. Unos y otros estamos enfermos en nuestros espíritus, pero creemos que los enfermos son los otros.

En verdad vivimos una crisis que todos queremos ocultar. 

Es como si fuéramos al psicólogo no para sanar nuestros traumas sino para legitimarlos.

La modernidad liquida nos llevó a esto y a que en Argentina  2019 hayamos caído en esta falsedad de opciones, ambas de profundo contenido neurótico. Es como si pretendiéramos legitimar, el llamado complejo de Edipo, el deseo amoroso hacia nuestros progenitores.

Como dice el tango, “al mundo le falta un tornillo” o muchos más…