El rearme de la Fuerza Aérea Argentina con los F-16 Fighting Falcon adquiridos a Dinamarca despertó un antiguo debate sobre el poderío militar regional. Los seis aviones que aterrizaron en la Base Aérea de Río Cuarto el viernes 5 de diciembre le devolvieron al país la capacidad supersónica de vigilar su espacio aéreo.
Ahora bien, la compra de las 24 unidades de segunda mano al país europeo no estuvo exenta de críticas. Tanto dentro como fuera del ámbito castrense se expusieron una serie de cuestionamientos a la decisión de la administración de Javier Milei que cortó con décadas de idas y vueltas en la materia.
Entre esos cuestionamientos se encuentra la paridad que el sistema de armas F-16 encuentra en otros países de la región, como Chile. El país trasandino cuenta con un programa más amplio (unidades) y maduro de un sistema de armas similar, aunque en dos variantes a diferencia de Argentina.
Según información oficial, Chile cuenta en total con 46 unidades. 10 de ellas corresponden al F-16C/D Block 50, un avión más avanzado y adquirido “cero kilómetro” a Lockheed Martin a principios de la década de los 2000, y 36 unidades de F-16AM/BM comparables con los incorporados por Argentina que fueron comprados a Países Bajos a principios de la década pasada.
Chile y los F-16 argentinos
Con casi dos décadas de experiencia en el sistema F-16, Chile logró incorporarse como uno de los operadores centrales de esas armas a nivel mundial. En estrecha sociedad con Estados Unidos, su personal acumuló años de formación, a punto tal que parte él pasó a integrar un sector de recursos humanos a disposición de las contratistas de defensa privadas que conforman el programa.
En ese sentido, un reporte de Data Clave denunció que el programa F-16 argentino tendría presencia privada de ex militares chilenos. Se trata de dos integrantes de la contratista internacional Ilias (Integrated Logistic Information Automated System), a la que el Ministerio de Defensa habría contratado para dar respuesta a los desafíos logísticos que supone la incorporación de estos aviones.
Los nombres señalados por el reporte son el del general chileno Leopoldo Porras y el general de Brigada Aérea Francis Muñoz Covarrubias. En ambos casos, sus bajas militares fueron recientes y la incorporación a Ilias casi inmediata.
La tarea de Ilias en el programa argentino no es conocida oficialmente debido al secreto militar. Pero según servicios prestados a otras fuerzas que operan los F-16, la empresa estaría encargada de la gestión logística automatizada con fuentes de datos operativos y administrativos que eliminan la necesidad de uso de papel.
El fantasma de Beagle 1978
La presunta presencia chilena en el programa F-16 de Argentina desató un inevitable recuerdo de las tensiones antiguas entre ambos países. Con punto máximo en el 22 de diciembre de 1978, día en el que se evitó el inicio de una guerra por el Estrecho de Beagle, la relación militar de ambas naciones quedó marcada, aunque siempre bajo un contexto pacífico.
A ello se sumó la colaboración chilena con la causa británica para la invasión de las Islas Malvinas. Ese accionar dejó latentes las diferencias, que hasta aquí han sido dominadas por la diplomacia.
Si bien ninguna de las dos naciones cuentan con hipótesis de conflictos vigentes, la potencialidad de una disputa territorial sí permanece como un escenario barajable. Algo que quedó revelado a partir del hackeo que el Ejército de Chile sufrió durante 2023, donde se filtraron planes de acción ante una eventual invasión argentina.
Afortunadamente, la realidad diplomática entre ambos países no surca una posibilidad real de un choque. De hecho, ambas fuerzas armadas llevan décadas de trabajos conjuntos y ejercicios formativos, compartiendo gran parte de sus conocimientos.
Sin embargo, el cuestionamiento opositor a la adhesión argentina al programa F-16 sumaría otro punto de debate, que hasta aquí se centró en una supuesta obsolescencia de los aviones incorporados.
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