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TRATADO MERCOSUR-UE

Sin reconversión industrial previa, se desvisten santos propios para vestir ajenos

Jue, 04/07/2019 - 7:40pm
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El aparato productivo nacional está compuesto por unas 600 mil empresas, más del 99% clasificadas como pequeñas y medianas, cuya gran mayoría viene afrontando casi desde la lona la crítica macroeconomía actual, sin mercado interno que le compre la producción ni créditos que puedan pagar ni una carga impositiva razonable. Ni siquiera la corriente mundial de transformación digital, que requiere de inversiones de capital que tampoco hay a la mano, había entrado aún en sus oraciones, cuando el gobierno de Mauricio Macri concreta la firma de un tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea que les da entre 4 y 15 años de plazo para abrirles la competencia sin barreras arancelarias con países más maduros en desarrollo y en los que la inflación, las tasas de interés y la inestabilidad de las reglas de juego no figuran en la agenda cotidiana. Al estar todavía pendiente en Argentina el tratamiento serio de una reconversión industrial como la que demandaría entrar en la modernidad del siglo XXI, pero pensando en la oportunidad de trabajar para los seres humanos que la habitamos, comenzar por blandir una amenaza de extinción a plazo fijo en las precarias condiciones macroeconómicas actuales, significaría algo así como ponerle plazo a un obeso para convertirse en atleta o morir en el intento. En lo inmediato, la franquicia beneficiará a la salida de algunos productos primarios hacia puertos europeos exentos de tributación en destino, que abarcará a las tres cuarta partes (76%) de las importaciones que realiza la Unión Europea provenientes del Mercosur. De la mano contraria, afectará al 13% de los bienes que se envían hacia estos lares.

Desvestir a uno para vestir a otro: El marketing no compensa la realidad.
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La firma de un acuerdo Unión Europea-Mercosur estuvo sobre sucesivas mesas de negociaciones de gobiernos que pasaron por Planalto, Casa Rosada y los integrantes del bloque del Viejo Continente sin que se llegara a nada.

Dos fueron las razones principales: 

** el proteccionismo agrícola defendido a ultranza desde París por la competencia que significa el campo argentino;

** la cerrazón industrial de esta parte del continente, cuyo termostato siempre lideró la superinfluyente federación paulista, acompañada si bien con menor poder por el sector Pyme de la Unión Industrial Argentina.

En esta oportunidad, se alinearon planetas políticos en los cielos del Atlántico Sur, más que nada, sustentados por la necesidad de abrir plazas externas de las compañías multilatinas sudamericanas, con epicentro en Brasil, y de las principales empresas de nuestro país, ambas atrapadas por las restricciones en el consumo que padecen dentro del Mercosur y de sus propios mercados internos.

En cuanto empiece a funcionar el flamante tratado, ingresarán a Europa sin tributación cargamentos despachados desde nuestro país con harina, frutas (manzanas, peras, duraznos, ciruelas, uvas de mesa), legumbres, frutos secos, merluza, calamar y maní. También la carne vacuna, hasta 99.000 toneladas y 180.000 de carne aviar.

Exportaciones claves, como las de la soja, no figuran en la remesa inicial exenta de los cargos que rigen en Bruselas, y en el caso concreto del aceite hecho con la oleaginosa Nº1 de Argentina estará entre 4 y 10 años en observación por la UE antes de serle levantados los aranceles. 

En un ránking de productos exportados en 2018 que elaboró la cámara vernácula del sector sobre la base de datos oficiales, entre harina, aceite y biodiésel de soja representaron el 21,19% (US$13.062 millones), de modo que al no estar por ahora incluidos en las facilidades acordadas, no se moverá por ese lado el amperímetro de nuestra balanza comercial, acuciada de ingresar divisas.

Como contrapartida, la desgravación inmediata del Mercosur a la penetración europea abarca el 13% de lo comerciado.

Si bien la meta establecida es que con el tiempo el viejo continente liberalice el 99% de su comercio con el Mercosur, interesa al 81,7% de nuestras exportaciones y para un 17,7% se impondrán cuotas fijas de permitidos.

El presidente Mauricio Macri intentó minimizar ante 56 cámaras empresarias los efectos que tendrá la vigencia del acuerdo Mercosur-UE en un aparato productivo nacional que languidece por el achicamiento del consumo interno que principalmente se ensaña con casi la totalidad de las poco más de 600.000 empresas (excepto las consideradas grandes, que no llegan al 1%) que aún resisten en pie los embates de un modelo económico que las alejó, inclusive, de la accesibilidad al crédito, al fijar tasas de interés que van del 60% anual para arriba, y le impuso una presión impositiva que anula cualquier intento de salir del pozo.

Aunque el presidente de CAME, Gerardo Díaz Beltrán, haya anunciado al finalizar el encuentro empresarial con el mandatario que “va a haber un fondo específico de la UE para las pymes de la Argentina y el Mercosur. Es en general, no por rubro y el objetivo es nivelar y que haya competitividad de las pymes del Mercosur", a la gran mayoría de los empleadores del país, de los que drenaron más de 200.000 puestos de trabajo destruidos en el último año, les consta que sólo el 9% del patrón nacional pudo aprovechar las líneas de crédito promocionales que vino destinando el gobierno, a tasas del 29% anual.   

De modo que sin consumo interno del que dependen casi exclusivamente para colocar la producción, ni financiamiento civilizado para aguantar, ni cargas tributarias simples y llevaderas, ¿cómo se podría transitar el camino que lleve a "más intercambio y más comercio, para que haya más progreso" cuidando la industria local?, como dijera el presidente del grupo Los Grobo, Gustavo Grobocopatel, en el programa Dato sobre dato, que se emite por FM Milenium.

Están también las voces que desde la teoría advierten que “se produce poco de mucho”, es decir, una gran variedad de bienes y servicios, pero la escala productiva es reducida, y los volúmenes no generan economías de escala a nivel de productor individual y de ramas productivas, y no se puede competir con el mundo”, como señaló Ernesto A. O’Connor, de la Universidad Católica Argentina (UCA) en una columna de opinión publicada en Ámbito Financiero.

Y sueña seductor que “una inserción con la UE implica metas productivas con competitividad, que, si se van cumpliendo, además, permitirán que esa producción se instale después en otros mercados globales”.

Pero Argentina tiene aún pendiente una reconversión de su aparato productivo que la proyecte a la Revolución Industrial del 4.0 y que aparezcan más nuevos sectores que viejos que dejen de existir, como se esperanzó Gustavo Grobocopatel. 

Dentro de la UIA se refleja claramente la frontera que separa a los que tienen espaldas de los que no la tienen. El presidente de la entidad, Miguel Acevedo, minimizó en el cónclave de Olivos la idea de que sean largos los plazos, de alrededor de 2 años, para que los parlamentarios aprueben el acuerdo y hasta 15 años más para que caiga la protección arancelaria e instó a comenzar a trabajar con velocidad: tanto en la competitividad hacia adentro de las puertas de las fábricas como en las políticas necesarias para abandonar la imposibilidad de competir que impone la coyuntura macro inestable actual.

Las 3 condiciones fuera de agenda

Eso se llamaría reconversión industrial y necesita de nivelación competitiva, planificación y financiamiento, 3 condiciones que no trascienden por el momento de la nubosidad preelectoral.

Menos optimistas, la vicepresidenta de la Cámara de Industriales Metalúrgicos de Córdoba (CIMCC), Isabel Martínez; Martín Berardi, de la Cámara Argentina del Acero (CAA), y los representantes de CAME dudan con preocupación por la suerte que corran sectores sensibles como el de calzado y los autos, aunque queden expuestos recién 15 años después de la aprobación parlamentaria, cuando con la recesión e inflación actuales ya tienen para entretenerse.

¿Y cómo evitar que lo que los chinos exportan a Italia nos sea reexportado libre de aranceles?, ¿cómo determinar si un producto es europeo?, son otros de los interrogantes sin respuesta. 

El director de DNI, Marcelo Elizondo, invita a valorar la oportunidad que se abre. “Argentina cuenta con apenas 12 países/mercados socios comerciales en el mundo a los que accede gracias a acuerdos de apertura comercial recíproca, mientras en Latinoamérica hay países con alto grado de asociación comercial, como Chile (con 56 países socios), México (con 50), Colombia (con 35 socios), Venezuela (con 29) y Perú (con 15). A la vez, hay otros con un nivel menor de asociación internacional como nuestro país (cuenta con 12 socios surgidos de acuerdos de asociación comercial), Brasil (11 socios), Uruguay (11), o Paraguay (9). Nuestras empresas, así, compiten en desventaja ante las vecinas”, reconoce.

No es un punto menor a considerar mientras se realizan las dirigentes parlamentarias. La macroeconomía actual tampoco permite una adaptación a aquellas realidades, mucho menos crudas que las nuestras.

Son turbulencias no menores a atravesar hasta arribar al punto de partida de la integración propuesta. Elizondo lo sintetiza así: “en el mundo hoy son los TLC los que permiten de modo estructural ampliar mercados y mejorar condiciones productivas y comerciales por encima de las fronteras”.

Más allá, inclusive, se sitúa “la discusión sobre la reducción de las barreras al comercio a nivel global a través del avance de las negociaciones en la OMC (lo que podría considerarse el objetivo más ambicioso y “de máxima” y que resultaría el medio más adecuado para generar más sanos procesos de desarrollo del comercio y las inversiones)”, que menciona el experto en estas lides.